MÁS ALLÁ DEL “EL”, DEL “ELLA” Y DE LAS CATEGORÍAS ARBITRARIAS

 

“El primer problema que tenemos todos, […] no es aprender sino desaprender”
Gloria Marie Steinem

 

La noción de desaprender que señala la periodista y activista de los años sesenta, Gloria Steinem, es un elemento relevante para entender y cuestionar las categorías arbitrarias que rigen dentro del sistema. Desaprender implica hacer conciencia de los elementos cotidianos que se acatan y se establecen como normales y necesarios; implica también preguntarnos qué consideramos como normal, si lo que uno considera normal es lo que el otro considera normal, o bien, si ese normal puede ser generalizado y establecerse como un asunto universal. En este ejercicio de concientización, se puede también visibilizar qué elementos son en efecto necesarios y cuales son simplemente automatismos basados en universalismos herméticos.

En la constante necesidad de entendernos, de definirnos, de vivir en un sistema que busca traducirnos en números y mostrarnos en estadísticas, establecemos fronteras, delimitamos espacios, creamos grupos, subgrupos y hablamos en categorías. Las fronteras que dividen los mapas hacen sentido en la teoría, es imposible imaginar al mundo sin estas divisiones y sin estas líneas que crean sentidos de pertenencia, orgullos nacionales y establecen diferenciaciones. Pero, ¿qué hay debajo de las líneas que delimitan los mapas? ¿Qué pasa con lo tangible que queda en el lugar donde se traza la línea?

Las divisiones geográficas, que en el papel simplifican la historia, en la práctica, se convierten pronto en divisiones sociales y en normas culturales; se consolidan en líneas, agrupaciones y categorizaciones permanentes que definen el “yo”. Así, del orgullo nacional pasamos al nacionalismo. La definición del “yo” define por ende, el “otro” y nace la otredad: eres del sur, o del norte, tu preparatoria te representa y tu colonia te define.

Y se necesita entonces especificar esta pertenencia, clasificarla. Necesitamos información sobre los grupos y los subgrupos, sobre las clases y las divisiones sociales. Necesitamos datos duros para entender la desigualdad entre clases, que dividimos en letras. Es necesario tener la información para poder actuar y hacer algo sobre la diferencia entre la A+ y la C, o bien la B y la E. NECESITAMOS ESTADÍSTICAS. NECESITAMOS DATOS DUROS.

Y estos datos duros, inevitablemente, viven dentro de la delimitación de las definiciones que están enmarcadas por el lenguaje. Los datos están sujetos a una invariable simplificación de la realidad por las palabras que describen esta realidad. De esta forma, el entendimiento del grupo recae necesariamente en una generalización: en el promedio. O bien, en términos más científicos, se basa en el centro teórico. Y es así como se etiqueta al grupo, por clase, por etnicidad, nacionalidad, por género, por sexo o por sexualidad: basado en una mayoría.

¿En dónde queda la línea entre la definición y la categorización? ¿En qué momento esta simplificación por promedio se vuelve una sobre simplificación que da entrada al estereotipo? ¿Y, cuándo este estereotipo se vuelve parte del problema, y no de la solución que estábamos buscando inicialmente con la información estadística?

Y frente a la necesidad de captura de información, nacen los instrumentos de medición y los formatos de recopilación de datos, que solo pueden nombrar ciertas categorías para mantener resultados significativos. Y en algún momento, estas categorías se establecieron como únicas, no solo en el formato sino en la realidad. La recopilación de datos se estableció como necesaria en la cotidianidad aún sin fines de análisis. Entonces, la categorización se volvió parte del lenguaje y de las prácticas de todos los días: se repiten las mismas preguntas constantemente. Repetimos las mismas casillas que son únicas y absolutas. Y tan absurdas como pueden serlo a veces, asumimos estas categorizaciones porque no hay otra opción. Existen únicamente 3 prefijos: eres señor, señora o señorita. Estos prefijos, que están presente en absolutamente todas las plataformas, establecen una línea directa entre los individuos y su estado civil. Pero este estado civil afecta de manera desigual a los individuos: el señor siempre es señor, desde la cuna, y su prefijo es independiente de su estado civil. A la señorita, en cambio, su estado civil la transforma, la convierte en señora. Y este solo es un ejemplo de los ejes absurdos que definen las identidades.

Y aunque estas categorías se ven reflejadas en diferentes ámbitos de la sociedad, la noción del género ejemplifica muy bien estos elementos puramente binarios que se establecen como base para la construcción de un sistema social. El género, simplificado a dos categorías, la del hombre y la de la mujer, fundamenta dos roles únicos que vienen con representaciones sociales adjudicadas a cada rol. Se instituyen así dos categorías únicas de personas que cohabitan y se relacionan en un terreno puramente heterosexual y con fines reproductivos (Butler, 2004). Y la violencia de las categorías aparece cuando en este constructo social, toda persona que no entre en las categorías únicas de Hombre y Mujer, y en su manera de relacionarse, se enfrenta a una no-categoría, la de aquel que no tiene lugar en lo esperado socialmente. Estas personas entran entonces en el terreno de lo inexistente en la expectativa social. No hay casilla para estas personas.

Y ante esta no-categoría, nos preguntamos de nuevo sobre la categoría misma ¿Qué es el género y porqué influye tanto en las normas de nuestra sociedad?

La multiplicidad de definiciones del concepto de género (o los intentos de definiciones) muestra la limitación de la lengua y de los elementos categóricos establecidos para describir conceptos fluidos, elementos continuos y móviles… A cada definición responde una contra definición, cada nuevo término explicado resulta en un contra término que buscan expandir, cuestionar y moldear el término inicial, un término que nunca puede acabar de explicarse, y que propone que las definiciones que asumimos como absolutas y como incuestionables, muchas veces no representan la realidad, o bien, las realidades.

La escritora Monique Wittig hace una pregunta relevante: “¿Qué es este ser dividido, introducido en el lenguaje a través del género?” Y responde: “Es un ser imposible, un ser que no existe, un chiste ontológico.” (Wittig, 1985). Y siguiendo en la línea de cuestionar la relevancia del término género, la pensadora, Beatriz Preciado, lleva el análisis del concepto un poco más lejos, al decir que no cree en la “violencia de género”. Explica que el género mismo es la violencia, a través de las normas de masculinidad y feminidad que conocemos. Son estas normas, que son reflejo de las categorías establecidas traducidas en reglas, en comportamientos, y en expectativas sociales que producen violencia (Preciado, 2011).

Es necesario visibilizar y dialogar sobre la normalización de las categorías simplificadas, sobre las preguntas cotidianas automáticas y sobre la violencia implicada en las imposiciones y expectativas sociales excluyentes. Invitamos a cuestionar lo binario y a abrir un diálogo sobre la necesidad de acumular ciertos datos estadísticos, de cuantificar lo incuantificable, de crear etiquetas que no representan, de preguntar, de volver a preguntar y sobretodo, de limitar la respuesta a la expectativa generalizada. Este cuestionamiento implica analizar los símbolos que perpetúan las representaciones limitadas, implica la posibilidad de eliminar el azul y el rosa y sus representaciones sociales, de eliminar la pregunta “qué va a ser” y de pensar en una posibilidad más neutra, en una respuesta que no implique un futuro diferente para cada color. Así, proponemos la posibilidad de pensar más allá del “el” y del “ella” y de hablar de Personas y no de Mujeres y de Hombres.
George Steiner especifica: “Los estereotipos son verdades cansadas.” Sobre esta línea, pensemos qué categorías entran también dentro de las verdades cansadas. “¿Existe un buen modo de categorizar los cuerpos?” Concordamos con la postura de Judith Butler cuando dice que “las categorías nos dicen más sobre la necesidad de categorizar los cuerpos que sobre los cuerpos mismos”. (Butler, 2004)

Referencias

  • Butler, Judith. 2004. Undoing Gender. Routledge.
  • Preciado, Beatriz. 2011. Guía de modelos somatopolíticos y de sus posibles usos desviados. Seminario impartido en el marco del proyecto “Cuerpo Impropio”.
  • The Mark of Gender, Feminist Issues 5, no. 2. 1985

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